VIAJES

Antiguo cargadero

Melilla: Mestizaje de culturas

Con sólo escuchar el nombre de la ciudad bañada por el Mediterráneo inmediatamente recuerdo las cálidas noches de verano de mi infancia en las que mi padre que, por cierto, hizo la mili allí, me contaba con sumo placer todas las experiencias de aquella etapa de su vida. Sobre todo hablaba del mestizaje de sus gentes y de su talante acogedor. Y, justamente, aquello fue lo primero que constaté nada más pisar sus calles llenas de cristianos, musulmanes, hebreos y también hindúes.

Murallas Centenarias

Mientras paseaba por las calles de la ciudad, bulliciosas y ruidosas, no podía evitar asociar todo lo que veía con los comentarios que años atrás me había hecho mi progenitor y, de repente, me di cuenta que estaba delante de las maravillosas murallas centenarias de su Ciudadela. Allí mi padre pasaba muchas tardes de domingo junto con sus amigos.

Ruta del tapeo

Pensé que después del viaje y del paseo la mejor idea sería tomar un típico té con hierbabuena. ¡Es realmente delicioso! Imaginaos el sabor tan bueno de la hierbabuena fresca del día mezclada con té en grano, azúcar y agua. Me costó elegir el local porque allí hay infinidad de bares y de restaurantes. Hay tres zonas: el centro, los aledaños del Paseo Marítimo y el barrio del Real. Cualquiera de ellos es excelente para degustar por ejemplo, unos deliciosos pinchitos melillenses y cumplir con la tradicional ruta del tapeo.

Ir de compras a un zoco africano

Más tarde me acerque al Mercado Central tal y como me dijo mi padre que hiciera. Es un auténtico zoco africano en el que, además, del intenso bullicio y trasiego de gentes, se mezclan una infinidad de olores a frutas, especias, sándalo, incienso, olivo, e imágenes singulares llenas de color y de exotismo. El día que fui yo había un mercadillo itinerante, que me explicaron que es ocasional, en donde pude encontrar ropa de buenas y reconocidas marcas a un precio increíble. Desde allí me dirigí a la zona comercial conocida como el Triángulo de Oro, donde hay joyerías, relojerías y tiendas de complementos entre otros establecimientos.

Sinagogas y tempos

Cuando terminé las compras decidí que sería un buen momento para acercarme al hotel y dejar todos los bultos que llevaba encima. No pude evitar la tentación de visitar algunas sinagogas y templos que hay en la ciudad antes de que acabara el día. Las sinagogas me encantaron. Nunca había visto ninguna y en Melilla hay, ni más ni menos, que diez. La que más me gustó fue la de Or Zoruah. Pero también disfruté con la visita a la iglesia del Sagrado Corazón, de estilo neorrománico, y me quedé fascinada con el Oratorio Hindú.

Monte Gurugú

Cuando terminé este recorrido me fui al monte Gurugú. Desde allí se puede contemplar todo el esplendor y la belleza de la ciudad que ha sabido conservar los importantes legados que fenicios, romanos, vándalos bizantinos y árabes dejaron en la ciudad. Además de los 900 edificios modernistas y art decó. Empezaba el atardecer que iba a ser el preludio de una maravillosa noche melillense.

La noche

Si de día Melilla es bonita de noche se convierte en un contraste constante de luces de colores. En la época de verano, que es cuando yo fui, la ciudad ofrece diversión para todos los públicos. Desde discotecas en las que poder bailar hasta altas horas de la noche, locales de salsa y ritmos variados e, incluso, salas más tranquilas en las que disfrutar de las cálidas noches de agosto.

El mar

La vida nocturna se concentra en el antiguo cargadero de mineral que ha sido reconvertido en un original centro de ocio que está cerca del nuevo puerto deportivo. Allí empecé a pensar en la infinidad de cosas que tenía que hacer al día siguiente y, evidentemente, la primera que hice fue ir al mar ya que las brumas del mediterráneo destacan en esta ciudad por su atractivo en los deportes acuáticos y la gran variedad de especies de peces que habitan en sus aguas como meros abadejos, sarguitos o doradas de hasta 5 kilogramos.

Juntos

Mientras regresaba al hotel pensaba en el mar y empecé a canturrear el famoso tema del cantante de Jazz George Beson The sea. El día había sido intenso: los olores, los sabores, y tantos recuerdos. Esos recuerdos se habían mezclado con mis vivencias y, ahora, tenía yo el bagaje suficiente para poder trasladarle a mi padre todas las emociones y las sensaciones que tenía. Ahora el reto sería convencerle para poder pasar juntos unos días en esta fascinante ciudad.

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