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VIAJES

Andorra, las grandes posibilidades de un pequeño país

Andorra, las grandes posibilidades de un pequeño país

La primera vez que fui a Andorra no debería tener más de 10 años. Recuerdo aquel viaje como algo propio de un cuento. No había viajado demasiado y, desde luego, era la primera vez que me enfrentaba al trámite de cruzar una frontera. Algo que para la mente de una niña es una promesa de aventura garantizada. Cada kilómetro que nos adentrábamos en aquel pequeño país, las montañas se hacían cada vez más y más altas. Como si quisieran decir, desde su inmensidad, que habíamos entrado en sus dominios. Por aquel entonces, como tantas y tantas familias españolas, la visita era una excursión comercial, en busca de las compras económicas: electrodomésticos, aceite, azúcar, chocolate, perfumes,…

Tardé muchos años en regresar y fue entonces cuando descubrir los verdaderos y múltiples encantos de este país tan singular. ¿Qué se puede hacer en Andorra? Compras, por supuesto y de todo tipo. Las calles de Andorra la Vella y Les Escaldas ofrecen un sin fin de posibilidades. Mención aparte merecen los perfumes y cosméticos, en casi todas las tiendas o en los grandes almacenes, entre los que destacan los Pyrenees, puedes encontrar un amplio surtido de productos a un precio mucho más económico. Cuestiones fiscales, ya se sabe. Las aficionadas a los 'gadgets' electrónicos se sentirán en el paraíso. En los bazares encontrarán los últimos modelos de teléfono móvil, agenda electrónica, PDA, navegador y unos mil instrumentos electrónicos más de los que ni siquiera tenía noticias de su existencia.

Antes también me dejaba caer por el estanco, pero hace tiempo que decidí dejar el tabaco. Las que todavía os mantengáis fieles al pitillo, en Andorra podréis encontrar precios más bajos, aunque debéis saber que existe una limitación por persona del número de cartones que se pueden pasar por la frontera sin penalización. Yo, por mi parte, he sustituido la costumbre de fumar por otro vicio más dulce, que me proporciona momentos muy satisfactorios y mejor vistos socialmente: el chocolate. En Andorra, como en muchos otros países fríos, se pueden encontrar magníficos chocolates, en tableta o bombones, que de las dos maneras me gustan. Os recomiendo que entréis en cualquiera de las pastelerías de Andorra La Vella y probéis un delicioso postre de chocolate con almendras o avellanas y que recibe el nombre de roc. Sencillamente, sublime.

Y es que en Andorra se come de maravilla. Tanto en las poblaciones grandes como en los pueblos más pequeños o en medio de ninguna parte, podéis encontrar una propuesta gastronómica repleta de platos suculentos. En invierno, las sopas y la caza, preparada de mil maneras distintas, constituyen todo un placer para el paladar. Yo prefiero perderme por las carreteras del país y comer en una borda, la casa típica de la zona, habilitada como restaurante. Las hay de todo tipo, tradicionales, con el encanto de la tradición, y también otras que se esmeran por aportar creatividad a los platos de siempre. Algunas, además, ofrecen la posibilidad de cenar al calor del hogar. Puede ser el preludio de una noche muy romántica y apasionada.

Pero Andorra es mucho más, por supuesto. En cualquiera de las ocho parroquias en las que se divide administrativamente el país podemos encontrar muestras del románico que bien merecen una visita. El Santuario de la virgen de Meritxell –la mitad de mis amigas andorranas llevan ese bonito nombre- es uno de los más interesantes, pero hasta en el rincón más inesperado podemos encontrar muestras significativas.

El país cambia con las estaciones. No sabría decir que Andorra prefiero, si la que ofrece un paisaje verde y majestuoso en primavera o la que aparece cubierta por un manto de nieve. Las dos me atraen por igual, aunque la segunda, la nevada, proporciona otra posibilidad de ocio de la que disfruto: el esquí. La oferta blanca del país incluye tres estaciones: La Rabassa, Vallnord y Grandvalira. Esta última es el dominio esquiable más grande de los Pirineos. En su conjunto, son más de 170 pistas y 280 kilómetros de montaña blanca por la que deslizarse con más o menos estilo. En los últimos años, la oferta de nieve se ha completado con otras opciones al margen del esquí, como son los trineos tirados por perros, la construcción de iglús para los más pequeños o las travesías en motos de nieve o con raquetas.

Al finalizar la jornada, con las piernas cansadas por las horas pasadas calle arriba, calle debajo de compras o por el esfuerzo del esquí, la visita al balneario de Caldea, en Les Escaldes, es poco menos que una obligación. Allí, en su piscina gigante de aguas termales, me relajo mientras contemplo las montañas que me rodean, salpicadas por las luces de las casas. Me siguen pareciendo tan altas como la primera vez.

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