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Alcalá del Júcar, un oasis en el paisaje manchego

Alcalá del Júcar, un oasis en el paisaje manchego

Con gran ilusión partimos hacia esta zona manchega, situada al noreste de la provincia de Albacete. Por el camino mi amiga me explicó que esta villa se encuentra en una zona llamada la Hoz del Júcar y que, seguro que me encantarían sus casas, sus calles laberínticas, el castillo y las cuevas.

Un poco de historia

Cuando vi el valle del Júcar lo primero que pensé fue que había descubierto un oasis en medio del paisaje árido manchego, propio de la provincia, ya que la villa aparece enmarcada por una vega frondosa del río. Verónica me estuvo contando que, en el siglo XII, Alcalá del Júcar fue una fortaleza musulmana que se utilizaba como defensa ante los ataques cristianos en las riberas del río. Sin embargo, los musulmanes no pudieron evitar que un siglo después Alfonso VIII de Castilla recuperara y dominara las tierras que ahora son la provincia de Albacete.

La calles

Las calles de Alcalá del Júcar transcurren por la ladera de un cañón. Esto explica que sean cuestas estrechas y bastante empinadas, con casas que parecen acumularse unas sobre otras e incluso algunas se encuentran excavadas en la roca. Estas particularidades han hecho que el municipio haya recibido el título de Conjunto Histórico-Artístico. Me encantó pasear por las calles laberínticas y llenas de flores, fue como si me hubiese trasladado a una época más remota. Un vecino del lugar nos comentó, entre otras peculiaridades del pueblo, que la población se dedica principalmente a la agricultura y a la ganadería porcina, caprina y ovina.

Un castillo de leyenda

En el punto más elevado de la villa se encuentra su monumento más representativo, el castillo. Disfrutamos mucho con la panorámica de todo el municipio que se podía contemplar desde lo alto de la fortaleza. Allí nos informamos de que su origen es probablemente almohade y que fue reformado por los cristianos tras la expulsión de los musulmanes. En la reforma se añadió la gran torre del Homenaje. Pero lo que hizo que la visita al castillo fuese todavía más especial fue escuchar entre sus paredes una leyenda popular sobre los trágicos amores entre el moro Garadén y la bella Zulema

La Iglesia de San Andrés

En pleno centro de la villa visitamos la Iglesia Parroquial de San Andrés. En un folleto leímos que se edificó entre los siglos XVI y XVIII y que el maestro murciano Juan Ruiz de Ris participó en su construcción. La Iglesia combina varios estilos artísticos con predominio del barroco del siglo XVIII. Además, comprobamos que tiene una única nave y presenta una bóveda gótica tardía en uno de sus tramos. También vimos en la cabecera del templo un crucero con una cúpula que contiene una inscripción con el año 1767. Cuando salimos de su interior nos comentaron que muy cercana a la población se encuentra un lugar que tiene muchos devotos, la ermita de San Lorenzo, del siglo XVIII.

Gastronomía

Cuando Verónica y yo nos sentimos hambrientas nos interesamos por la gastronomía típica de esta tierra manchega. En uno de los restaurantes con terraza al aire libre probamos varios platos mientras contemplábamos al mismo tiempo el bello entorno. Encontramos delicioso el gazpacho andaluz, el ajo 'mataero' –plato típico de la matanza- y el 'atascaburras', un plato tradicional del primer día que nieva, hecho con patatas, huevos cocidos, ajo, ñoras y bacalao. Además probamos la repostería manchega, con deliciosos ejemplos como las Hojuelas de la Sierra y los 'Panecicos'. Nos lo pasamos genial comentando lo que habíamos visto hasta el momento y degustando los riquísimos platos de la zona.

Las vistas sobre el puente romano

Después de comer nos dirigimos hacia el puente romano que se encuentra sobre el Júcar. Aunque pertenece a la época romana, fue totalmente reconstruido en el siglo XVIII. La vista del puente sobre el municipio es espectacular, sobre todo de noche. También nos acercamos a la plaza de toros, una peculiar construcción de forma irregular que data del siglo XVIII. La plaza aparece levantada sobre un cerro y cuenta con un graderío de piedra.

Las cuevas

Una visita obligada y que nos reservamos para el final fue las peculiares casas cuevas. Están situadas en la parte superior del cerro de la hoz del Júcar. Las más conocidas y que más vale la pena visitar son la del Diablo, Masagó y Garadén. La cueva del Diablo se ha convertido en un peculiar bar de copas. Desde la guarida de Masagó se divisan unas panorámicas bellísimas que no hay que perderse. La cueva fortificada de Garadén contiene un pasillo de ciento cincuenta metros de longitud y se dice que en su interior vivió el rey moro Garadén, protagonista de leyendas de los lugareños.

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