
De camino a Biescas
A veces, la vida te sonríe inesperadamente. Mi amiga Marta me había invitado a pasar unos días en Huesca, de donde son naturales sus padres. Ellos tienen una pequeña casita en Biescas, localidad situada en la comarca del Alto Gállego y a 25 kilómetros del Parque Nacional de Ordesa. ¡Cómo iba a decir que no! No podía ser mejor porque, además, nuestra estancia en esta población coincidía con las Fiestas de San Antonio, que comienzan el 13 de junio.
Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido
Rápidamente, las dos nos pusimos de acuerdo: lo primero que teníamos que visitar era el Parque Nacional de Ordesa. Habíamos coincidido además, con la mejor temporada para verlo: la primavera, dado su clima de montaña. Con 15.608 hectáreas, este parque supone una unidad geográfica de primer orden y fue declarado Parque Nacional en 1918. No habíamos visto nunca nada igual: enormes cascadas, una vegetación exuberante de gran variedad, aves como el águila real o el buitre leonado sobrevolando el parque... En fin, todo un auténtico espectáculo de la naturaleza.
La ciudad
Después de visitar Ordesa, nuestra siguiente parada fue Huesca. Mientras llegábamos a la ciudad en mi coche, Marta y yo hablábamos sin cesar. Hacía tiempo que no nos veíamos, concretamente desde el viaje que hicimos a León. Cuando por fin llegamos, lo primero que nos atrajo fue el valioso patrimonio de la ciudad, que es el resultado de su milenaria historia.
La Catedral
A mí me hubiera gustado primero pasear por las calles de la ciudad, pero Marta, gran amante del arte, estaba ansiosa por visitar la Catedral. Se trata de un precioso templo de estilo gótico, que fue construido a lo largo de tres siglos, entre el XIII y el XVI. Mi amiga no paraba de contarme cosas sobre la catedral. Era lo mismo que tener un guía, ¡qué suerte! Me contaba que el retablo es de estilo renacentista y que, por lo que veía, la catedral tiene un gran tesoro en orfebrería. Vimos lo bonita que es por dentro pero, sin duda alguna, también destaca su exterior, con una portada engrandecida con enormes figuras: los apóstoles.
La muralla árabe
Nos habíamos informado muy bien, no queríamos que se nos pasara nada. Sabíamos que Huesca, tras la conquista de España por los árabes, había sido una ciudad musulmana durante casi 400 años. También sabíamos que pronto pasó a ser un enclave de frontera porque en los Pirineos se formaron muchos núcleos cristianos. Por este motivo no resulta extraño que la ciudad se fortificara en el siglo IX. Pero de esas murallas ahora sólo quedan restos, que es lo que pudimos ver y lo que nos permitió hacernos una idea de lo que Huesca había sido en su pasado.
El casco antiguo
Un día del viaje lo dedicamos a ver lo que, para mí, significa la esencia de cualquier ciudad: su casco antiguo, que, en este caso, está en la loma de una colina. Por ello, las calles tienen pronunciadas pendientes. Además, también son testimonio de su pasado musulmán, que se aprecia en sus nombres: paseamos por al calle Zuda, por la calle Zalmedina... Las dos quedamos encantadas por su belleza y, además, aprovechamos para seguir hablando de nuestras cosas. Pero hasta que no llegó la hora de comer, mi amiga no me contó lo más interesante. Marta estaba saliendo con un chico, que por cierto yo conocía de mi infancia.
Gastronomía
Y cómo no, teníamos que probar la comida típicamente oscense, y como siempre, nos dejamos aconsejar por un camarero. Entre todos los platos típicos, como los 'boliches' (alubias redondas), el cordero a la pastora o el pollo al chilindrón, nos decidimos por las migas a la pastora. Y para beber escogimos uno de los vinos del Somontano. De postre comimos Rufo, un pastel cubierto de azúcar y relleno de crema. Estaba delicioso, por cierto.
El Pirineo aragonés
Hasta ahora el viaje estaba siendo perfecto, pero nos quedaba algo: visitar el Pirineo aragonés. Aunque no era la temporada adecuada para esquiar, sí pudimos practicar otro deporte: el paseo en canoa. Partimos desde Biescas hacia el río Cinca, donde nos habíamos apuntado a una excursión. Este río está situado entre las poblaciones de Ainsa y Escalona, y allí descubrimos que este deporte es sumamente relajante y a la vez excitante. Ahora sí, podíamos decir que el viaje había sido perfecto.
De vuelta a casa
Se nos habían acabado las vacaciones y no sabía cuándo iba a volver a ver a mi amiga de la infancia. Lo que sí sabía es que me gustaría que el próximo viaje que hiciéramos juntas fuera, cuanto menos, la mitad de bonito que este. Huesca lo tiene todo: historia, tradición, buena comida, paisajes de película y todo tipo de deportes para practicar.
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