
Cualquier ruta que se emprenda por Aragón comenzará o terminará seguramente en Zaragoza. Un destino que va más allá de la jota, el Pilar y la buena mesa, ya que esconde otros tesoros como la Iglesia de Santa Engracia o el Palacio de la Aljafería.
Fueron los pinceles de Velázquez y Mazo los que plasmaron el ambiente de las calles de Zaragoza, una vista magnífica que ya supieron apreciar en el siglo XVII estos dos maestros de la pintura.
Zaragoza fue, en tiempos antiguos, Cesarea Augusta, y ya por entonces encandilaba a los numerosos visitantes que se acercaban hasta allí. Hace siglos ya era una bella ciudad situada a orillas del Ebro, con hermosas casas de ladrillo y numerosas iglesias. El célebre escritor Benito Pérez Galdós también quedó maravillado de sus barrios, sobre todo el de las Tenerías, del que dijo "traía a la imaginación los recuerdos de la dominación arábiga. La abundancia del ladrillo, las ventanuchas con celosías, la completa anarquía arquitectural, aquello de no saberse dónde acababa una casa y empezaba otra".
Ese recuerdo de Galdós ha traspasado los siglos, aunque actualmente de estas palabras sólo se aprecia la veracidad en los barrios antiguos, el de las estrechas callejuelas y hermosos palacios renacentistas, las numerosas torres mudéjares, las catedrales y las recoletas plazas.
Todo itinerario por Zaragoza debe comenzar por la Plaza de Aragón, actual centro geográfico de la ciudad, donde se encuentran los edificios de la facultad de Medicina y de Capitanía. También se encuentra el patio de la Infanta, que tiene un encanto especial. Hacia la Plaza de España, por el Paseo de la Independencia, se encuentra una de las visitas imprescindibles, la iglesia de Santa Engracia, toda una joya del Renacimiento y en cuya cripta se encuentran sepulcros paleocristianos de los Innumerables Mártires.
El bullicio y el calor del risueño carácter maño se encuentran en el Coso, una de las calles de mayor tradición de la ciudad y toda una arteria del barrio antiguo. Muy cerca se encuentra otra joya de esta ciudad, el palacio renacentista de los Condes de Luna, que hoy es el edificio de la Audiencia, con un patio típico de la arquitectura aragonesa. Otro centro de actividad es el Mercado Central, una visita indispensable donde además se pueden encontrar algunas delicias de su gastronomía.
Hacia la Plaza del Pilar
Antes de visitar uno de los tesoros de la capital aragonesa, vale la pena admirar el pasado de esta ciudad, las murallas romanas, cerca del Mercado, además del torreón de la Zuda, auténtica atalaya del río Ebro.
En la Plaza del Pilar, los visitantes se pueden pasar horas ante el conjunto arquitectónico del que tantas veces se ha hablado al referirse a Zaragoza. Y no es para menos, ya que se pueden deleitar con la Basílica, donde se encuentra el valioso retablo de Damián Forment, el palacio de la Lonja y la catedral de la Seo, con la imperante huella del gótico en su interior, el barroco en el coro y el arte mudéjar en la fachada de su lateral derecho.
El interior de la Seo merece un capítulo aparte. Vale la pena pararse a contemplar la belleza del retablo gótico del altar mayor, producto del arte de Juan de Suabia y Pere Johan, además de los más de setenta tapices franceses y flamencos de la Seo, tejidos en Arras y en Bruselas. Junto a ellos lucen los bocetos de Goya y Bayeu, ideados para las cúpulas del Pilar.
Iglesias, palacios y torreones
Detrás de la Seo se encuentra el Arco del Deán, de bella factura gótica, justo al comienzo de un recorrido de callejuelas que encandilarán al visitante, por su tranquilidad y la cantidad de antiquísimas tabernas para tomar un aperitivo. De la belleza de las torres mudéjares que guarda Zaragoza merece la pena visitar la de Santa Magdalena.
Cerca de la Plaza de San Miguel hay varios elementos arquitectónicos de gran presencia. Por un lado, la iglesia barroca del Seminario de San Carlos; por otro, la Casa de los Morlanes, palacio renacentista con singulares balcones.
Otras visitas de interés son la iglesia de San Gil, el palacio de Torrero, hoy sede del Colegio de Arquitectos, así como el entrañable rincón de la plaza de Santa Cruz, donde se encuentra el palacio de los Pardo, convertido en el Museo Camón Aznar.
Otro rincón de interés reside en la estrecha calle del Temple, donde están el torreón de los Fortea y el palacio de los Argillo, hoy museo Gargallo, y la iglesia de San Felipe, con sus bellas columnas salomónicas.
El palacio de la Aljafería
Este lugarconstituyeuna de las más importantes huellas del arte musulmán en España. Construido en el siglo XI por la familia Beni Hud, ha pasado por las más variadas manos: desde los reyes de Aragón hasta los Reyes Católicos, cuando fue renovado y transformado posteriormente en sede de la Inquisición y en cuartel de Infantería por último. Es un palacio de enorme belleza que guarda como una de sus joyas esta ciudad situada a orillas del Ebro; un palacio admirable por sus magníficos almocárabes, sus capiteles cincelados, sus yeserías y artesonados de casetones.
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