
Situada al norte de la provincia de Segovia, a 60 kilómetros de la capital y a 50 de Valladolid por la carretera CL-601, se encuentra la villa de Cuéllar en las laderas de una colina, rodeada por una extensa masa de pinares.
Cuéllar es el núcleo de población más importante de la provincia, con 9.200 habitantes, y es la localidad en la que vive mi amiga Alicia. Hace poco me invitó a pasar unos días en su casa, cosa que aproveché para visitar la zona. Cuéllar se define como "villa del Mudéjar". Cuando paseamos por sus viejas y empinadas calles nos sorprende la gran riqueza monumental que nos han ido dejando los siglos pasados. Desde las primeras cerámicas campaniformes encontradas (1800-1600 a. C.) hasta el último y atrevido diseño urbanístico de la Plaza del Estudio, el paso de la historia ha ido dejando su impronta en las calles y los edificios de la villa. Palacios, casas blasonadas, arquitectura popular, conventos, castillo... y sobre todo las iglesias, marcan y definen el horizonte de Cuéllar.
Repoblada a partir del siglo XI, fue sobre todo en el siglo XIII cuando llegó una época de esplendor económico basado en la economía ganadera de la lana. Esta riqueza permitió que en sólo un siglo se construyeran más de una decena de iglesias mudéjares, tomando el ladrillo como material básico para portadas y ábsides, y utilizando la piedra para la torre y el resto de la construcción. Todas estas construcciones hacen de Cuéllar el núcleo más importante del arte mudéjar en Castilla y León.
Mezcla religiosa
Mi amiga Alicia me contó que Cuellar es una población en la que convivieron en buena armonía las tres culturas medievales de la península: judíos, musulmanes y cristianos. Fruto de esta convivencia quedan vestigios como la judería o la calle de la Morería, auténticos testimonios en el amplio casco histórico medieval.
Sin embargo, antes de ese siglo ya se habían construido la iglesia románica de San Pedro (siglo XI), la primera obra del Castillo, y gran parte de la doble muralla que envolvía el recinto ocupado por el caserío medieval.
De las iglesias propiamente mudéjares hay que destacar, por su conservación, la de San Martín, restaurada por la Escuela Taller. Es la primera donde se ha podido ver el mudéjar en estado puro, libre de los yesos y escayolas de otros siglos.
La iglesia de San Esteban nos ofrece el ábside más representativo del mudéjar castellano, así como sepulcros en el interior de este mismo estilo, pero del siglo XVI. De otras iglesias sólo quedan algunos restos, como el ábside de Santiago, la torre de Santa Marina o parte del convento de la Trinidad.
Varios castillos en uno
El Castillo-Palacio de los Duques de Albuquerque es el edificio emblemático de la villa. En él sobresalen un amplio Patio de Armas y la galería en la fachada sur; ambos renacentistas. Hoy es un centro de enseñanza secundaria, tras una costosa pero justificada adaptación.
Este castillo encierra en realidad muchos otros en su interior. El gran arco de ladrillo y piedra de la fachada sur puede suponer en sí mismo una síntesis de todas sus etapas: mudéjar, renacimiento, neoclásico, abandono, la rehabilitación y el futuro. Pero fue la concesión de Enrique IV a Beltrán de la Cueva –primer duque de Albuquerque- el comienzo de su crecimiento y madurez.
En todos los castillos siempre hay lugares especiales donde se refugia la memoria de siglos y en éste se trata del torreón sur. En este fantástico almacén de cinco pisos habitan, toman forma y se presentan todos los personajes del castillo, reales o fantásticos, conocidos o desconocidos. María de Molina, Fernando IV, Pedro I, Juan II, Espronceda, Wellington, el general Hugo, Beltrán de la Cueva, Enrique IV, Doña Mencia, Doña María de Velasco, Doña Isabel de Girón, pero también las muchachas del pueblo, cocineras y soldados, el médico judío del tercer duque, y otros muchos recrean historias de las que fueron protagonistas.
En este espacio único, este castillo diferente nos introduce en pequeños mundos vivos, rescatados del olvido donde la existencia era una aventura tan hermosa y/o tan difícil como lo es hoy.
Resultaría demasiado largo enumerar el resto de los distintos monumentos que, en mejor o peor estado, encontramos al recorrer las calles del pueblo. Sólo cabe decir que Cuéllar ha tenido mala suerte en la conservación de su patrimonio. A partir de la desamortización del siglo XIX, un buen número de iglesias, conventos y palacios pasaron a manos privadas, entrando en un proceso de deterioro y abandono, al ser utilizados para los más diversos menesteres: fábricas de harinas, viviendas, almacenes, establos... Las calles dejaron de estar empedradas. Sólo a partir de la década de los 70 se inicia una época de relativo respeto, interés y recuperación del amplio patrimonio cuellarano.
En este patrimonio no se puede olvidar la arquitectura popular. Son casas construidas a base de entramado de madera y adobe, o bien de mampostería de piedra caliza. Aún quedan calles con ese sabor antiguo, donde podemos reconocer cómo era la vida en los siglos pasados. Lo vemos en la calle de La Pelota, junto al Castillo, la calle de Segovia o la Plaza de la Cruz.
Gastronomía y fiestas
El lechazo asado en horno de leña es el mayor regocijo para el paladar del visitante. Te lo digo yo que tuve la suerte de degustar uno invitada por mi amiga. Junto a él, no pueden faltar, según la temporada, los níscalos de los pinares, las endibias o la taza de achicoria, antes tan denostada y hoy de reconocidas propiedades. Los embutidos, los quesos de oveja y las pastas tienen un merecido prestigio por su antigua calidad.
Ya en 1499, corrían los mozos cuelleranos delante de los toros. Desde entonces, la fiesta no ha hecho más que crecer hasta convertirse en una de las más populares de la región, con su conocido slogan "los encierros más antiguos de España". A partir del último domingo de agosto cuatro encierros recorren las calles de la villa poniendo emotividad y riesgo entre los miles de corredores que acuden desde todas partes de Castilla. También hay encierros infantiles para iniciarse en el arte de estas arriesgadas carreras.

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